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El oficio de hojalatero ha sido sustituido
paulatinamente por nuevas actividades industriales que
ofrecen a la sociedad productos alternativos a los que
hacía el hojalatero.
Hace treinta o cuarenta años, los productos de
hojalata cumplían su función sirviendo
como envases y recipientes, candiles, moldes de repostería,
embudos, faroles, tarros y cantarillos...
No había una escuela donde se aprendiera nuestro
oficio. De padres a hijos, de artesanos a aprendices
se trasvasaba el conocimiento y la experiencia suficientes
para mantener la profesión.
A punto de ser olvidados, conviene recordar que nuestro
oficio ofrecía entonces objetos útiles
por encima de todo: exactos en la precisión de
sus medidas, funcionales en cada detalle, siempre aptos
para usar y servir con eficiencia.
El hojalatero, un profesional reclamado hace unos años
por sus productos, ahora sólo parece un artesano
dedicado a producir objetos decorativos. No es así.
El oficio de hojalatero guarda el conocimiento milenario
del tratamiento del estaño, la hojalata y el
latón. Este conocimiento pertenece a la humanidad.
Conservarlo significa guardar una parte viva de nuestra
historia común. |
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